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  • Dr. Iris Moreno Roca
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    El problema del 'nosotros' en América Latina (Parte I)

    Marcia Collazo
    24.05.2012

    ¿Quiénes somos los latinoamericanos? ¿Cómo definir un nosotros que pueda dar
    cuenta de nuestro ser? ¿Cuál o cuáles son nuestros horizontes culturales?

    A modo de homenaje: recordando al filósofo Arturo Andrés Roig.

    Aún mucho antes de Kant, la filosofía se ha organizado como saber crítico.
    A. Roig

    La contestación a esta y otras preguntas de rango semejantes puede resultar, tal vez, imposible, si nos atenemos a la multiplicidad de los sujetos que, desde su propio lugar histórico, la formulan; pero podemos aproximarnos a su desentramado conceptual y metodológico, procurando efectuar un análisis que logre descomponer y diferenciar algunos de sus elementos.

    Para empezar, cuando hablamos de nosotros los latinoamericanos, deberíamos realizar una suerte de prevención metodológica que consiste en definir en forma previa de qué nosotros estamos hablando. Valga, entonces, la referencia y el homenaje al gran filósofo argentino (tucumano) Arturo Andrés Roig (*1), recientemente fallecido cuando rondaba los 90 años de edad. Su aporte al pensamiento latinoamericano ha sido enorme, especialmente en lo relativo al análisis crítico de nuestras construcciones ideológicas y a la problemática del sujeto latinoamericano, como ser que debe ponerse como valioso a sí mismo, con independencia de su experiencia vital real o posible. Roig es, además, uno de los mayores exponentes de la filosofía de la liberación, corriente originalísima de Latinoamérica que hunde sus raíces epistemológicas en la historia.

    No se puede hacer filosofía sin tener una fuerte vocación en el sentido de historiar el propio pensamiento, la propia acción, la vida de nuestros pueblos , dice el filósofo tucumano.

    Hacia América Latina vamos, pues, de la mano de Arturo Andrés Roig; y para ello, comenzaremos por realizar algunas reflexiones previas, a fin de abonar el terreno que, paso a paso y artículo a artículo, hemos de ir sembrando.


    Souvenirs de cumpleaños
    América Latina es el lugar donde existen las mayores desigualdades del mundo. Desigualdades descaradas, insólitas, casi increíbles: en un cumpleaños infantil colombiano se regala a los invitados unos llaveros. Los llaveros vienen en bandejas de plata. Los invitados están un poco perplejos ¿Llaveros? De inmediato se los conduce al fastuoso jardín de la residencia, desbordante de parterres floridos, estatuas de mármol de Carrara y chorros de aguas multicolores, y entonces la clave se devela: se trata de automóviles cero kilómetro, que el niño festejado ha obsequiado a sus amiguitos y amiguitas, y a los amigos y amigas de su papá y su mamá, mientras allá afuera las cifras dicen que la pobreza en Colombia trepa al 62%. Y no es cuento.

    Entreverados en esa bárbara y salvaje desigualdad, yacen los derechos humanos, de los que se viene hablando desde hace muy poco tiempo, en realidad, si es que medimos la historia de Occidente desde sus inicios grecolatinos. Más allá de los azarosos rastreos que pueden hacerse en figuras como Antígona, en las leyes de fueros medievales (Carta Magna de Inglaterra, juramento de los reyes de Aragón, entre otros) y en los antecedentes comunitarios del derecho germánico, recién comienzan a ser mencionados como tales derechos a partir de la Declaración realizada por la ONU en el año 1948. ¿Y antes? Antes sencillamente no existían, o por lo menos no estaban muy claramente diferenciados.

    La Revolución Francesa enunció unos pocos, y lo hizo de manera parcial, tendenciosa y tímida. ¿Y después? Después es otra historia; precisemos desde ya que, con independencia de que esos derechos se violen todos los días sobre el planeta tierra, es una verdad desnuda que los Derechos Humanos han sido declarados es decir, reconocidos como una entidad que ningún legislador puede crear, puesto que son inherentes a la condición de homo sapiens- y plasmados por escrito para conocimiento de la humanidad entera. Y eso ya es algo, aunque no lo sea todo.

    También entreverado en esa salvaje desigualdad anda errante el concepto que el ser humano latinoamericano tiene de sí mismo. Es decir: el sentido que el ser humano latinoamericano le da al nosotros. Hay de todo en esa bolsa: hay quienes afirman que somos una especie de vacío (O´Gorman: la idea de América habría sido inventada por Europa); se nos ha denominado alternativamente Indias Occidentales, Nuevo Mundo, Nuevo Orbe, Hispanoamérica, Iberoamérica, Inodamérica, Sudamérica, Euroamérica, Eurindia, etcétera.

    Al respecto expresa Roig que ninguna de estas definiciones parte de un mismo horizonte de comprensión ni tampoco define de manera alguna la realidad objetiva que pretenden describir o referenciar. Mucho menos suponen un mismo sujeto que las enuncie. Valga este anticipo para comenzar a calibrar la extraordinaria complejidad del problema. Si en lugar de hablar de las muchas denominaciones de América habláramos de las visiones sobre el ser humano americano, la cosa puede enredarse mucho más. Ello nos lleva a la primera pregunta: ¿Quiénes somos los latinoamericanos? Y sobre todo: ¿cómo nos vemos a nosotros mismos? A juzgar por las dificultades para marchar por la historia con un mínimo equilibrio reflexivo, no nos vemos ni nos juzgamos demasiado bien. A lo largo de su historia, los países latinoamericanos no han hecho otra cosa que sembrar de violencia su suelo y su propia imagen, a través de los más variados instrumentos y procedimientos.


    ¿Y por casa como andamos?
    En los libros de historia nacional, por lo menos hasta los años sesenta, los negros aparecen retratados (más, menos) como seres complacientes, simpáticos y pintorescos cuya virtud residía en tener el lomo duro, saber sonreír sin quejarse jamás, mostrando la pareja mazamorra de sus dientes, y ante todo, ser serviciales y leales a sus amos hasta las últimas consecuencias. Hay quienes llegan a afirmar con indisimulado orgullo que el lujo y la belleza de los amitos eran, para cada esclavo, una riqueza propia, de la cual los negros y las negras se envanecían. Aunque agregamos- ellos mismos, en su condición de esclavos, no tuvieran ni un cuadrado de tierra donde caerse muertos. Aunque ellos mismos repetimos- no tuvieran para sí ni siquiera la libertad de disposición de sus propias existencias. Y ello por más que alguno descendiera del mismísimo rey del Congo.

    La sociedad colonial americana fue, durante siglos, un conglomerado jerarquizado y estratificado según el color de la piel, la pureza de sangre, el título nobiliario, el cargo detentado en la comunidad, los antepasados y el lugar de nacimiento.

    Todos los países latinoamericanos, una vez allegada la Independencia política, mantuvieron la esclavitud y los tributos indígenas. En el Uruguay, dada la notoria ausencia de comunidades indígenas establecidas, arraigadas, vivas y actuales (y sin entrar a ahondar en las raíces del problema), la cuestión se centró más bien en los afrodescendientes. La abolición de la esclavitud demandó un largo proceso.

    En Florida, el 7 de setiembre de 1825 se proclama la libertad de vientres; pero está claro que dicha libertad únicamente prohibió la esclavitud de quienes nacieran de ahí para adelante, pero la mantuvo incólume para todos los nacidos con anterioridad, que se contaban por miles. Desde julio de 1830 no pueden introducirse más esclavos en la República. En diciembre de 1842, durante el gobierno de la Defensa de Rivera y en plena Guerra Grande, se declara que no habrá más esclavos en todo el territorio nacional, añadiéndose que el gobierno destinará los varones útiles que hayan sido esclavos a las filas de los ejércitos, obviamente. Este era el precio de una libertad que, por otra parte, seguía siendo muy dudosa.

    Oribe, el 26 de octubre de 1846 decreta desde su propio gobierno en el Cerrito, que queda abolida para siempre la esclavitud en la República . Recordemos de paso que el propio Manuel Oribe, cuando abandonó a Artigas allá por el año 1816, encandilado por las vanas promesas de Pueyrredón, se refugió en Buenos Aires junto a su hermano Ignacio, y se llevó consigo a casi todo el Batallón de Libertos. El espectáculo del castigo público a un esclavo azotes, cepo, etc- era de lo más común en nuestro país, al punto de que muchas de las actas judiciales de mediados del siglo XIX versan sobre denuncias realizadas por amos contra negros fugados o desobedientes. Así, por ejemplo, lo expresa el acta del juez Juan Pedro Oliver, de la 6ª sección del partido de Manga, por el año 1835: Sumario contra el pardo Mariano, esclavo que fue de don Pedro Piñeyrúa ; o el proceso contra el negro Manuel, quien se queja de que con motivo de un daño que se le atribuye, se le perturba en su trabajo .


    Te encargo una chinita
    Cita Alberto Flores Galindo (*2) estas palabras de Sebastián Lorente (*3), en referencia a la servidumbre en Lima:
    "Cuando salís para la sierra, las señoritas de Lima no dejan de pediros un cholito y una cholita, y a veces os encargan tantos, que juzgaríais que se encuentran por los campos por parvadas. No es la empresa tan fácil; pero con un poco de actividad saldréis airoso en vuestro compromiso y a falta de otros os ayudarán el gobernador y el cura".

    Bernardina Fragoso de Rivera (*4) no dejaba de hacer el mismo encargo a su marido:
    "Espinosa me escribió antes de irse pidiéndome una chinita para la madre de Rosas; sabes el tiempo que hace que mi amiga Doña Ignacita Obes me ha hecho el mismo encargo; también Doña Pepa Gabriela desea una; pero de qué me serviría encargártelas si sé que se te va a olvidar".

    Estas y otras manifestaciones por el estilo, vienen a ejercer una suerte de función encubridora por la cual, a través de la trama significante del discurso, se niega o se retacea humanidad a otro (en este caso al indígena, encarnado en el cholito y la cholita, y también en la chinita); es decir, se le resta historicidad, en tanto y en cuanto la historicidad supone inserción efectiva en un lugar y en un espacio determinados, en términos de visibilidad, capacidad de irrupción, de diálogo, de intervención y de transformación. Con todo, no debe extrañarnos el fenómeno de la negación, cuando el propio Hegel comenzó por negar la existencia de América, lo cual equivalía a negar su entrada en la historia.

    Es en este rumbo de reflexiones que continuaremos esta serie de artículos, procurando desentrañar lentamente la madeja de los entrecruzamientos discursivos sobre el nosotros latinoamericano, a través de las ideas de grandes pensadores que han intentado, porfiadamente, echar alguna luz metodológica, teórica, racional y posible- sobre el problema.

    Notas:

    [1] Roig, Arturo. Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano. Ed. Una ventana. México. 1981
    [2] Flores, Alberto. Los rostros de la plebe. Editorial Crítica. 2001
    [3] Lorente, Sebastián. Pensamientos sobre el Perú. Lima. 1855
    [4] Cartas. Correspondencia entre Fructuoso Rivera y Bernardina Fragoso de Rivera. Ed. Arca. 1968


    Referencias:

    Arguedas, A. Pueblo enfermo. Contribución a la psicología de los pueblos hispanoamericanos. En Obras Completas. Madrid. Aguilar. 1960
    Cartas. Correspondencia entre Fructuoso Rivera y Bernardina Fragoso de Rivera. Ed. Arca. 1968
    Flores, Alberto. Los rostros de la plebe. Editorial Crítica. 2001
    Lorente, Sebastián. Pensamientos sobre el Perú. Lima. 1855
    O´Gorman, E. La invención de América. El universalismo de la cultura de occidente. México. FCE. 1958
    Roig, Arturo. Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano. Ed. Una ventana. México. 1981

    Marcia Collazo - Abogada, escritora, poeta, profesora de Historia de las Ideas en América (Instituto de Profesores Artigas) y de Filosofía del Derecho (Facultad de Derecho, Universidad de la República). Autora de Amores Cimarrones Las mujeres de Artigas Premio Revelación Bartolomé Hidalgo 2011.
 
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