Hipnosis y Psicotraining

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  • Toni Oliver
    Toni Oliver    Group moderator
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    Somos esencialmente seres afectivos
    Desde el día que nacimos sentimos la necesidad de ser queridos. Sentirnos en el regazo de nuestra madre o en brazos de nuestro padre, de nuestros abuelos o de cualquier adulto es celebrado por cualquier niño con mil y un ronroneos de placer.

    Sentir ese contacto físico, ese amor, esa aceptación, esa seguridad y esa armonía constituye el substrato sobre la que se debe edificar cualquier tipo de personalidad adulta sana.

    Todas esas necesidades son recordadas a nivel celular a lo largo de toda nuestra vida aunque no seamos conscientes de ello en un plano racional. Por ello necesitamos el contacto físico con un ser querido o el goce que sentimos cuando nos abrazan.

    Esas necesidades sólo podían estar plenamente satisfechas en nuestra niñez, cuando todavía éramos seres completamente dependientes.

    Si una persona vio satisfechas todas estas necesidades básicas en su niñez podemos tener la seguridad de que cuando sea adulto cultivará unas relaciones positivas con los demás, sabrá como amar y no tolerará ningún tipo de abuso o de trampa afectiva, sabrá valorar el afecto de los demás, sabrá darse con generosidad de la misma manera que también sabrá recibir las muestras de cariño.

    Sin embargo cada persona se sintió amada en su infancia de distintas maneras. Cada uno de nosotros experimentamos el afecto a través de matices distintos, para unos es sentirse aceptados, para otros sentirse protegidos, para otros recibir regalos, para otros experimentar el contacto físico. Todo depende de cómo lo aprendimos cuando éramos niños.

    Más tarde en la edad adulta seremos también capaces de recrear la lección de la misma manera en que la recibimos de pequeños.

    Los niños que han vivido situaciones de violencia doméstica, de falta de amor y de cariño, la incomprensión, el rechazo o la soledad serán propensos, ya una vez adultos, a reproducir en sus vidas el modelo aprendido, aún sin ser conscientes del drama vivido.

    La transición de la infancia hacia la adultez no deja de ser, en cualquier caso, una experiencia traumática que supone dejar un período de nuestra vida que, para bien o para mal, ya nunca más volverá.

    Supone dejar de ser seres completamente dependientes de los demás y convertirnos en autónomos, dueños de nuestras vidas y de nuestras propias decisiones, de nuestros éxitos y de nuestros fracasos, trasladando todo lo anteriormente aprendido hacia lo externo y lo desconocido.

    De ahí lo terrible de la adolescencia donde el individuo lucha por alcanzar esa individualidad propia a base de rebeldía y de inconformismo pero sin atreverse a soltar del todo los afectos de la niñez.

    Por eso la culminación de la adultez es la aceptación no sólo de nuestro propio ser, de nuestro presente, sino también de nuestro pasado, de nuestra infancia.

    ¿Qué opinas?


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    Un abrazo