Hoy en día los medios de comunicación no paran de invadirnos con los diferentes “síndromes” que padece la sociedad: el síndrome del ejecutivo, el síndrome del trabajador, el síndrome social y un largo etcétera más. Sin embargo, ¿por qué hablar de tantos síndromes y no del sentimiento de pertenencia, que es la pieza clave en la existencia, lucha y perseverancia por la supervivencia de una empresa? Me estoy refiriendo a sentirse involucrado en la organización como si se tratase del propio dueño de la empresa.

Para ello no importa el hecho de tener o no tener cargo. Más bien quiero aludir a la forma de ser que cada uno tiene, centrándome en cómo cada uno de nosotros aplicamos el principio de responsabilidad.

La responsabilidad es un valor en la conciencia humana, hasta aquí podríamos estar todos de acuerdo. El problema radica en cómo cada persona valora las consecuencias de sus actos hacia los demás o hacia uno mismo en cuanto a responsabilidad se refiere.

Voy a intentar explicarme realizando un paralelismo entre los colores de las luces de un semáforo y las posibles formas de ser, según las acciones desarrolladas y las consecuencias de éstas:



La falta de responsabilidad. Esta actitud puede comportar inseguridad y desconcierto a los trabajadores que rodean a la persona, y a la larga puede convertirse en la principal causa de un ambiente de desmotivación, e incluso de rozar el pasotismo.


El exceso de responsabilidad. Esta forma de ser puede provocar a uno mismo un agotamiento excesivo, consecuencia de una preocupación constante por y para la empresa. Se puede llegar a perder el control de la propia vida, ya que el trabajador se hace responsable de todo, incluso de aquello que no le corresponde. Esta manera de actuar puede ser interpretada a menudo por los demás como un control de que sean rescatados o cambiados.


Tener claro de lo que se es responsable y de lo que no. Se trata de personas que luchan por sus ideales, y esto les permite ver los problemas como oportunidades y no como obstáculos. Para ello, en estos tiempos que corren, siguen siendo visionarios hasta el último momento y también pueden llegar a padecer consecuencias negativas en su propia persona (ansiedad, soledad, pérdida de peso, caída del cabello, etc.). Sin embargo, a pesar de todo, siguen caminando con la mirada hacia adelante. En definitiva, creen en la empresa, y son y se sienten parte de la misma.

De esta pequeña clasificación de un valor como es la responsabilidad, la conclusión a la que deberíamos llegar es cuánta gente se siente identificada con el semáforo verde y se una considera pieza clave del alma de la empresa. Espero que todos reflexionemos y recordemos algo muy importante que queda resumido en una sabia frase: “Hay personas que hacen que las cosas pasen. Otras ven las cosas pasar. Y otras, cuando las cosas pasan, se preguntan qué ha pasado”.

No caigamos en el error más común, que es considerar que provocar que las cosas pasen depende exclusivamente de ostentar o no un cargo, o de ser empresario, porque de esta forma carecerá de significado la frase “la unión hace la fuerza”.


Este artículo está dedicado a reconocer el mérito de todas aquellas personas que se han visto obligadas a emigrar a otros países, por periodos de tiempo indeterminados, para perseguir su visión, para provocar que las cosas pasen y cambien. A todos ellos, y en especial a J.G., que fue quien, si darse cuenta, me ha inspirado a escribir este artículo. Él me ha enseñado a través de sus escritos qué es la soledad, la tristeza, el sentimiento de sentirse extraño cuando regresas de nuevo a tu país natal y te das cuenta de que muchos de tus amigos o compañeros se han quedado sólo en ver las cosas pasar. También me ha enseñado a dar un amplio significado a la palabra compañerismo, apoyo y complicidad entre aquellos que, en un principio, eran desconocidos por él y que, sin embargo, hoy sin ellos la estancia fuera de su tierra no sería la misma. A todos ellos y a todas ellas, gracias por vuestro esfuerzo y sacrificio que permiten que sigamos dentro en el barco con rumbo.


Mónica Román
Directora General de MRA Safety Prevention