En busca de un horizonte
En la provincia de Buenos Aires, 500 mil jóvenes de entre 15 y 24 años no estudian ni
trabajan. Y seis de cada diez creen que en cinco años tendrán un empleo precario o
estarán excluidos. El gobierno lanzó un plan para contenerlos, mientras las OSC
cuentan qué hacen para incluirlos. Hablan los pibes que participan en ellas.
Textos: Andrea Vulcano
Colaboración: Ailín Bullentini
Primero se les dibuja una sonrisa tímida en el rostro, después alzan los dos hombros a la vez y,
con un gesto repetido de los labios, responden: “Yo qué sé”. Para los jóvenes que dejaron la escuela y no tienen un trabajo, el futuro es un abismo que, en la mayoría de los casos, está más lleno de sombra que de luz.
Claudio tiene 23 años. Es de Villa Fiorito, Lomas de Zamora, al sur del conurbano bonaerense. Hace cuatro años llegó casi por casualidad a una de las tantas Organizaciones de la Sociedad
Civil (OSC) que intentan tender puentes para que los chicos en situación de pobreza puedan romper con el círculo de precariedad en el que están insertos o al menos luchar por una alternativa.
Por aquel entonces, pasaba sus días en la calle, entrampado en las drogas.
“Estaba perdidísimamente perdido”, describe. Poco a poco comenzó a transitar un camino que nunca antes hubiese imaginado. Hoy coordina talleres de capacitación.
¿Cómo imaginás que hubiese sido tu presente?
“Hubiese terminado tirado en un zanjón”, evalúa.
En la provincia de Buenos Aires son 500 mil los pibes que no estudian ni buscan trabajo. Se trata del 20 por ciento del total de jóvenes bonaerenses.
Por eso allí, especialmente en el conurbano, donde el 26 por ciento de la población vive bajo la línea de pobreza, la problemática despliega toda su crudeza.
Según una encuesta cualitativa citada por el Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires (elaborada sobre un universo de 550 adolescentes de entre 15 y 20 años), el
65 por ciento de los jóvenes que no estudia ni trabaja ve un futuro oscuro por delante: la mitad de ellos cree que dentro de cinco años estará con un trabajo precario, mientras que los demás
se ven “excluidos o muertos”. “En muchos casos se trata de jóvenes que vienen de varias generaciones de desocupación y exclusión”, plantean los especialistas consultados por Tercer Sector.
Agustín Salvia, director del Grupo Cambio Estructural y Desigualdad Social del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigador jefe del Observatorio de la
Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), rechaza a estigmatización que se suele hacer de los pibes que no estudian ni trabajan: “Pareciera ser que esos jóvenes son los que están en la esquina tomando cerveza o drogándose, que no quiere decir que no existan, pero representan una minoría en las sociedades urbanas”.
Presente adverso, futuro incierto
En sintonía con ese estudio difundido oficialmente, el informe de la OIT Trabajo Decente y Juventud, producido en base a datos oficiales de 2006, señala que entre los jóvenes excluidos o desafiliados (sin trabajo, protección social o red relacional) “se manifiesta un déficit de deseo”. “Ante un presente adverso sin esperanza ni futuro, estos jóvenes carecen del motor que impulsa
la definición de un proyecto y de una meta a alcanzar. El placer de elegir una profesión no existe para ellos, porque esta elección estaría fuera de sus posibilidades”, sostiene el informe.
En este sentido, plantea que, de todos modos, en el imaginario social de estos jóvenes, el trabajo sigue siendo “el principal articulador y facilitador” de procesos de inclusión. “Si no trabajás,
o te morís de hambre o de robar, una de las dos cosas”, sintetiza crudamente Emmanuel, de 17 años. Juan Pablo Yovovich, director de la Fundación de Organización Comunitaria
(FOC), plantea que “es bastante recurrente” que los chicos que se acercan a la entidad “tengan a priori algunas cuestiones ligadas a la pulsión de muerte por la falta de expectativas, la falta de proyectos, y la realidad en la que están inmersos”.
“Una de las preguntas más difíciles de responder es qué quieren ser cuando sean grandes. La sola posibilidad de imaginar cosas diferentes a las que viven hoy les resulta imposible”, remarca
Cecilia Valergo, coordinadora de la Aldea Jóvenes para la Paz, del Servicio de
Paz y Justicia (Serpaj).
Desde el Equipo de Trabajo e Investigación Social (Etis) también trazan el mismo escenario. “A los jóvenes les cuesta pensarse a futuro. La falta de un proyecto es quizás el obstáculo más grande
que vemos”, relata Maximiliano Estigarribia, director ejecutivo de la entidad.
Si bien en la adolescencia y la juventud el “aquí y ahora” adquieren una particular centralidad, entre los pibes excluidos o en situación de precariedad pareciera que no hay margen para pensar
de otra manera.
“Lo único que pienso ahora es en terminar el colegio. Después veré, la verdad que no pensé qué voy a hacer más adelante”, cuenta María Eugenia, de 14 años, que cursa octavo de la EGB. Hace
poco, Eugenia empezó a ir a la Aldea de General Rodríguez todos los días después de la escuela. Allí participa del taller de vivero y conservación de plantas. Antes, dice, no hacía “nada”.
Destinos empobrecidos
Por el momento, los esfuerzos hechos desde el Estado parecen no ser suficientes. Recientemente, la cartera social provincial lanzó Enganchate, una iniciativa con la que aspira a llegar con
capacitación en oficios y microcréditos a cien mil pibes antes de fin de año. “Si bien hay programas y políticas que incluyen a los jóvenes, el defecto del Estado es que, por no herir susceptibilidades
o no generar conflictos, deja intersticios entre lo que hace un ministerio y otro, por donde los jóvenes se caen”, advierte Guillermo Pérez Sosto, coordinador de la Cátedra Unesco sobre las manifestaciones actuales de la cuestión social, que funciona en el ámbito del Instituto Torcuato Di Tella y director del Centro de Estudios de Políticas Laborales y Sociales de esa casa de altos estudios.
“Las becas y la capacitación por sí mismas no alcanzan”, señala Salvia, de la UBA. Es que las variables que hacen que un joven se encuentre excluido o en condición de vulnerabilidad conforman un entramado que va mucho más allá de su nivel educacional y que lo condicionan a perpetuarse en un círculo de pobreza. “Los hogares pobres envían a sus hijos a escuelas para
pobres, y por lo mismo, estos jóvenes tienen como destino trayectorias laborales
y de vida empobrecedoras”, plantean investigadores del Instituto Gino
Germani.
En este sentido, Edith Byk, coordinadora del proyecto Promoción del Empleo Juvenil en América latina (Prejal) de la OIT, considera que en el país existe “una clara deuda pendiente” con la juventud. “Lo importante es que exista una política universal que garantice un piso para todos
los jóvenes y, a partir de eso, diseñar uego dispositivos específicos para atender cada problemática”, remarca.
Laura Tafettani, de la Fundación Pelota de Trapo, asegura que “los programas son absolutamente segmentados” y sostiene que una transformación es posible “sólo si se toma todo el universo del joven”. “De qué sirve que le ofrezcan un curso de capacitación de dos o tres veces por semana si ese chico no tiene qué comer y ningún tipo de contención, ni familiar ni social”, pregunta.
Aulas que expulsan
Otra de las problemáticas que atraviesa a los jóvenes bonaerenses es la deserción escolar. Según datos de la provincia, entre el 2000 y el 2006 la repitencia creció del 4 al 9 por ciento y el abandono de las aulas de un 7 a un 16 por ciento, lo que implica que cerca de 90 mil chicos por año dejan de estudiar.
“Hoy la escuela no es todo lo inclusiva que debería ser”, reconoce el director provincial de Políticas Socioeducativas bonaerense, Horacio Bouchoux.
En este sentido, argumenta que “las políticas neoliberales deterioraron el valor de la educación como capital social” y destaca la necesidad de que la escuela actualice sus dispositivos o formatos
e integre las pautas culturales de las nuevas juventudes.
A las instituciones en general, y a los maestros y maestras en particular “les faltan instrumentos para trabajar” con chicos excluidos o en situación de vulnerabilidad, opina Valergo, del Serpaj.
“En general, en las aulas están preparados para recibir a pibes de clase media bien comidos y, cuando llegan estos chicos, a los maestros se les queman los libretos”, plantea.
Para Yovovich, de la FOC, hay una cuestión que va más allá de la escuela: “Antes había una trayectoria continua en los jóvenes, estaba la posibilidad de un progreso, era como una línea de
tren con distintas estaciones y un destino. Hoy esa línea se rompió y ahora los trayectos están desmembrados.
Empezar el secundario no significa necesariamente terminarlo, y terminarlo no garantiza llegar a la parada siguiente, la del empleo”.
Trabajo, pero precario
La precariedad es una realidad que golpea al mundo del trabajo pero que, en particular, se ensaña con los jóvenes.
Según el informe Trabajo Decente y Juventud en Argentina, producido por la OIT, el 62,2 por ciento de los trabajadores de 18 a 24 años (un 20 por ciento más que el grueso de la fuerza laboral) lo hace en forma precarizada. Lo mismo sucede con el desempleo, donde los jóvenes ocupan el 44 por ciento del total. “En términos comparativos, la tasa de desempleo juvenil es 2,5 veces mayor que la del total de la población y 3,6 veces mayor que la de los adultos de 25 a 59 años”, señala el informe.
Ante este panorama, Pérez Sosto, del Instituto Di Tella, indica que “existe un peligro muy grande” de “institucionalización” e “instalación” en la precariedad.
“Estos chicos que están fuera del sistema educativo y que de tanto en tanto hacen changas están instalados en la más absoluta precariedad. Si a esto se le suma que las políticas públicas
no tienen suficiente fuerza como para, por ejemplo, terminar con el trabajo en negro, se va institucionalizando esa precariedad”, plantea.
Discriminados
Si hay algo que signa el presente de estos jóvenes que no estudian ni trabajan es la discriminación. De hecho, su inserción laboral supone atravesar ciertas barreras que requieren no sólo de una fuerte intervención del Estado y de la comunidad, sino también de las empresas. Se trata, en definitiva, de un cambio cultural.
“Los mecanismos de selección que muchas empresas llevan adelante son francamente discriminatorios e invasivos”, asevera Byk, de Prejal Argentina, y advierte que, al haberse perdido los criterios de selección, “empiezan a jugar factores discriminatorios como el domicilio, el barrio, las caras, la familia de origen”.
En este sentido, Héctor Navarro, director de la Asociación para el Desarrollo Social (Adeso), de La Plata, coincide en afirmar que “la portación de lugar o de rostro” es uno de los principales
problemas para la inserción laboral de los jóvenes en situación de vulnerabilidad.
Por ese motivo, considera “fundamental” trabajar “en el territorio, a nivel de los municipios y de las cámaras empresarias” para quebrar esta forma de discriminación tan arraigada.
Un horizonte posible
Pumas del Sur es un centro de ayuda integral a la infancia que funciona en Banfield, al sur del conurbano. “Los jóvenes que se acercan son los que luchan por salir de la pobreza, pero el entorno en el que viven y la forma en la que fueron educados conspiran contra eso. Muchas
veces es una lucha cuerpo a cuerpo con la droga, con la violencia”, cuenta Enrique Flores.
Algo parecido relata Sergio Val, de la Fundación Che Pibe, de Villa Fiorito: “Lo más importante es ayudarlos a ver que existen otras posibilidades.
Nosotros los inducimos al estudio y al trabajo”.
La clave es ofrecerles “espacios donde puedan expresarse, donde puedan crear, donde recuperen la autoestima y se sientan útiles”, subraya Yovovich, de la FOC.
Tafettani, de Pelota de Trapo, aboga por “contención y reconstrucción de la cultura del trabajo”.
Quizás el secreto pase por tender puentes, por articular, para lo cual es necesario que intervengan el Estado, las OSC, las empresas y la sociedad en general.
“Somos apenas un grano de arena en el desierto”, asegura Flores. Quizá de eso se trate.
OPINIÓN
Ingreso universal para los chicos
POR FORTUNATO MALLIMACI *
Una de las características centrales que han producido las políticas de ajuste, las desregulaciones y el desmantelamiento del Estado Social ha sido la creciente heterogeneidad de la pobreza.
Los miles de rostros de la marginalidad se nos hacen presentes en la cotidianeidad y exigen
de nosotros no sólo solidaridad, sino transformar las causas de dicha vulnerabilidad.
Entre esos jóvenes empobrecidos, las estadísticas han comenzado a mostrar que un número importante son personas que están sin trabajo y sin estudiar. Así como la mayoría de los pobres son niños y la mayoría de los niños son pobres, los jóvenes –principalmente de sectores populares– también viven la angustia de un futuro incierto y la dificultad de construir proyectos que den sentido a sus vida en el largo plazo.
Conocer historias y vivencias de sus familias, el hábitat, las trayectorias laborales, sociales y religiosas, el tipo de acceso o no a una educación de calidad, sus imaginarios sociales dominantes, las pocas expectativas como jóvenes hacia el futuro, los escasos capitales culturales, económicos, sociales de origen y las posibilidades o no de aumentarlos, son centrales puesto que nos muestran la compleja fragmentación social que vivimos y las pocas posibilidades de salir por propia cuenta.
Intentar dar respuestas a esta relación supone escuchar y compartir sus vidas a fin de
econocerlos primero como sujetos de derechos, dado que la mayoría de las veces son estigma-tizados y criminalizados. El Estado debe construir un modelo productivo que los incluya, educación de calidad, especialmente en barrios populares, a fin de hacer crecer el capital educativo y social allí donde hoy es más necesario y crear un ingreso ciudadano universal para todos los niños y jóvenes. Articulado con la sociedad civil deben ampliar las redes de sociabilidad específicas según necesidades y demandas materiales y espirituales con jóvenes de otros barrios y sectores sociales.
La excusa que no hay dinero ha mostrado toda su falacia en esta nueva crisis. Si han aparecido millones de millones de dólares para “salvar bancos”, ¿no es una infamia ética y una hipocresía afirmar que no hay recursos para construir aquí y ahora una sociedad
donde todos y todas entren? * Sociólogo. Profesor UBA–Investigador Conicet.
Mucho más que facturas y folletos
Vistas desde afuera, la Escuela de Panadería Panipan y la imprenta Manchita (foto) son emprendimientos comerciales que funcionan en Avellaneda. “Parecen una panadería y una imprenta comunes y corrientes, pero no lo son: son escuelas”, destaca Diego Chichizola, coordinador de Panipan. Nacidos en el seno de la Fundación Pelota de Trapo, la columna vertebral de ambos proyectos pedagógicos es el trabajo. “Nosotros no buscamos que los chicos
crezcan y salgan de acá siendo panaderos. Eso podrá pasar o no. El objetivo es que se conviertan en trabajadores, algo mucho más amplio: es conciencia de clase, es dignidad, es creatividad”, afirma Diego sin dejar de posar su vista en los chicos que preparan tartas de ricota en el fondo de la panadería.
Acompañados por Pedro, el maestro panadero, 20 pibes hornean el pan, las galletas y facturas que los vecinos compran todos los días, además de los helados, las mermeladas y, cuando los hay, los servicios de lunch. Dos veces por semana, alrededor de 30 chicos de entre 11 y 13 años (los más grandes de la Casa del Niño, la otra pata de la organización) llegan a la trastienda del
lugar, donde los mayores les enseñan distintas técnicas de trabajo.
En el caso de Manchita, el grupo es más reducido. Son 12 pibes, de no más de 20 años, quienes aprenden cada detalle del proceso de diseño e impresión de revistas, panfletos, tarjetas y afiches. Allí también son los jóvenes los encargados de mostrar a sus pares las tareas. “Buscamos que los más grandes encabecen la enseñanza de los más chicos porque ésa es la maqueta del país que soñamos: uno que se haga cargo de sus chicos”, asegura Diego.
Jóvenes promesas
¿Cuál es el futuro que permite proyectar el presente de nuestros actuales jóvenes? Con esta pregunta como disparador y con una respuesta a priori negativa, un grupo de investigadores
del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires (UBA) se propuso explorar la presencia de “condiciones estructurales y político-institucionales” que hacen “posible” y
“necesaria” la reproducción de juventudes “socialmente excluidas”. Producto de ese trabajo,
coordinado por Agustín Salvia, surgió Jóvenes promesas.Trabajo, educación y exclusión social
de jóvenes pobres en Argentina.
“Muy lejos de las promesas realizadas, ser hoy joven de un hogar pobre o incluso de sectores
medios bajos, haya o no podido transitar con éxito por el sistema escolar –incluso habiendo
terminado la educación media– no habilita a una plena ciudadanía. Por el contrario, son altas las probabilidades de caer en un círculo de desaliento, malas oportunidades laborales, menores derechos, bajas expectativas y escaso o nulo porvenir”, plantea Salvia.
Los otros planes provinciales
Proyecto Adolescentes: alcanza a 22 mil chicos de entre 14 y 21 años. Promueve la permanencia
en el sistema educativo, facilita instancias de capacitación no formal y busca garantizar el acceso a servicios básicos de salud.
Programa de Integración Comunitaria: comprende a 130 mil chicos de entre 12 y 20 años.
Entre otros aspectos, facilita la participación activa en espacios de formación y recreación.
Centros de Orientación y Apoyo: ofrecen tutorías semipresenciales para que los jóvenes puedan rendir materias adeudadas y así volver a la escuela o terminar la secundaria. Se articulan con el Plan Nacional Fines. Abarca a 70 mil personas.
Programa de Alfabetización: está orientado a mayores de 15 años. Dura seis meses y permite
a quien lo finaliza, ingresar a un centro de adultos para terminar la primaria.
Patios Abiertos: son 380 espacios de recreación que buscan incluir a 150 mil pibes que no fueron a la escuela o que abandonaron. Funcionan sábados y domingos en escuelas.
Becas: ofrece ayudas económicas de 600 pesos anuales para chicos de secundaria. Actualmente
tiene 154 mil beneficiarios.
Programa Bonus: está dirigido a jóvenes de 18 a 25 años desocupados y que no reciben otro beneficio o plan social. Apunta a la práctica laboral y consiste en una beca de 200 pesos mensuales durante seis meses. Beneficia a unos 7 mil jóvenes en el año.
Programa Jóvenes con Más y Mejor Trabajo: puesto en marcha por el Gobierno nacional, brinda orientación y formación profesional tutelada. En septiembre comenzó a ser implementado
en ocho municipios del conurbano, en Mar del Plata y San Nicolás.
Programa Jóvenes Padre Mugica: fue lanzado a fines de septiembre pasado a nivel nacional.
Prevé la articulación de políticas entre organismos para la creación de acciones dirigidas a la juventud. Se propone trabajar sobre cuatro ejes: movimiento solidario juvenil; inclusión laboral
y capacitación en oficios; nuevas tecnologías y movimiento cultural juvenil.
Creando Oportunidades: se implementa desde abril con aportes de Desarrollo Social de la Nación. Otorga microcréditos, brinda capacitación e impulsa la terminalidad educativa.
DanielL Arroyo, Ministro de Desarrollo Social Bonaerense
“El gran desafío es llegar a los chicos que están en la esquina”
–¿Cuáles son las distintas realidades que atraviesan a los jóvenes que no estudian
ni trabajan?
–Es necesario hacer una distinción entre los que estructuralmente son jóvenes que no estudian ni trabajan y los jóvenes que corresponden a una zona gris, dado que entran y salen del universo de los chicos que no estudian ni trabajan al conseguir una changuita o al ir a la escuela esporádicamente.
En todos los casos, existe una exclusión material producto de los bajos ingresos, y una exclusión cultural, dado que les cuesta interactuar con el mercado de trabajo o tender las redes de sociabilidad que muchas veces son necesarias para acceder a un empleo.
–Muchas veces se emparenta a los jóvenes en situación de vulnerabilidad
con las drogas o el delito, ¿cómo analiza usted esta mirada?
–Se trata de una estigmatización. Lo mismo sería vincular a las personas gordas o flacas con la delincuencia. Obviamente hay situaciones críticas como en todos lados, pero no se puede estigmatizar.
Lo que sí creo es que los jóvenes que no estudian ni trabajan son jóvenes que están en peligro, son chicos que quizá se juntan en una esquina y a los que la sociedad ve como peligrosos.
Allí entonces aumenta la distancia y la discriminación, y la idea está de asociar a los jóvenes con la delincuencia.
El paco, el embarazo adolescente y la violencia son la consecuencia de la búsqueda
de un lugar.
–¿Cuál es el ámbito o la institución que a su criterio les puede ofrecer una mayor contención?
–Estos chicos no creen para nada en la política y no creen en las instituciones en general. En la mayoría de los casos rescatan a la escuela no tanto por lo que aprenden –porque en ese sentido la desmerecen–, sino que la rescatan como un ámbito razonable, contenedor que, al menos,
a veces los escucha.
–¿A qué atribuye la mirada negativa que muchos tienen respecto de su propio futuro?
–Los chicos hacen una lectura crítica de lo que les pasó a sus padres y dicen ‘para qué voy a ser tal cosa si total me va a ir mal’. Entonces caen en la profecía autocumplida. Por otro lado, en la expectativa de futuro está muy instalada la idea de ciclos, donde prima la lectura de que no se sabe para dónde va el país.También, como ocurre con los jóvenes en general, son muy posmodernos, y está presente este anclaje muy fuerte en el presente y una baja expectativa
en el futuro. También, la baja expectativa tiene que ver con los magros ingresos a los que acceden con las changuitas o con trabajos de muy baja calidad.
–¿Cómo hace el Estado para llegar a estos jóvenes si, tal como usted plantea, no creen en la política ni en las instituciones?
–El gran desafío pasa por lo que nosotros llamamos “tutores de calle”. Se trata de esas personas que sí tienen la legitimidad que nosotros, los funcionarios, no tenemos.
El “tutor de la calle” puede ser el maestro panadero de un curso de capacitación, el técnico de un club de barrio, un maestro.
Entonces tenemos que capacitarlos a ellos porque sí son creíbles como para llegar a los chicos y poder acompañarlos y sostenerlos.
Justamente, si un chico deja de ir a la escuela, tiene que haber alguien que vaya,
lo busque y le insista. Pero ese alguien tiene que ser alguien creíble para los jóvenes.
–¿Cómo se inserta el programa Enganchate en este contexto?
–Uno de los pilares del Enganchate es su implementación a través de una red de tutores de la calle. Es necesario un proceso de acompañamiento permanente con los jóvenes.Los tutores tienen la legitimidad pero quizá no saben hacer proyectos, entonces nosotros le ponemos la capacidad técnica.
Nuestro objetivo es llegar a los chicos que están en la esquina.
–¿Cómo incide el hecho de que la secundaria sea ahora obligatoria?
–La obligatoriedad de la secundaria es un norte positivo.De hecho, a partir de los 14 años la tasa de desescolarización es más alta. Creo que la obligatoriedad sirve como una orientación y creo que es muy positivo que en todos los programas implementados desde el Estado los chicos
tengan que terminar la escolaridad.
–Sin embargo, acceder a un cierto nivel educativo no es condición suficiente para conseguir un empleo.¿Por qué un chico de clase media que termina la secundaria tiene más chances
de obtener un empleo que otro en situación de pobreza y las mismas condiciones educativas?
–Los chicos de clase media tienen una red comunitaria y una red de relaciones de la familia que les permite una inserción en el mercado laboral. En cambio, los chicos pobres eso no lo tienen y, por eso, es clave el tema de los tutores de calle y las asociaciones comunitarias.
–¿Qué rol le cabe al Estado para igualar o equilibrar las oportunidades?
–El Estado tiene que igualar condiciones. La tarea es generar condiciones de arranque parecidas. La idea es que empiecen lo más parejo posible. Nosotros lo que buscamos por ejemplo con Enganchate es compensar esa situación.
–¿Cómo evalúa el trabajo de las OSC en relación con los jóvenes en riesgo social?
–El rol de las organizaciones de la sociedad civil es muy importante, pero me parece que tanto el Estado como las organizaciones sociales tenemos que repensar la metodología de trabajo con los jóvenes.La identidad y los modos de pensar de los jóvenes han cambiado mucho y es necesario generar instancias más abiertas. Claro que las OSC tienen un lenguaje mucho más amigable
con los jóvenes, y mucha más fluidez en el contacto, pero hay que pensar en hacer las cosas de otra manera.
Opinión
Generar espacios de inclusión POR PATRICIA REDONDO *
Este medio millón de jóvenes que no estudian ni trabajan expresa la punta del iceberg de un proceso que se viene observando desde principios de los ’90. La base del problema está en que no hay políticas de larga duración en relación con las nuevas generaciones.
Un programa puede tener un impacto determinado, en forma localizada, en un tiempo específico pero, retirados los fondos, la institución o la población que estaba bajo ese programa queda, nuevamente, en la intemperie.
Se precisan políticas eficientes de integración social que anuden con el ejercicio de los derechos, como ser el trabajo, la vivienda, la educación. Hay que generar espacios de inclusión que garanticen la igualdad –bibliotecas populares, polideportivos, radios, canales de TV locales– y ofrecerle a la escuela –irremplazable en su rol de transmisora de la cultura y repartidora de bienes simbólicos– mayor presupuesto, cargos, edificios en condiciones y más maleables en su funcionalidad.
Las ofertas para la juventud están absolutamente degradadas y precarizadas, mientras que la sociedad pacata en la que vivimos mira con temor a estos “jóvenes peligrosos” cuando, en realidad, no hace nada para hacerle lugar a las nuevas generaciones. Entonces, ¿son los jóvenes los que no tienen interés en trabajar o estudiar?
* Magister en Educación, docente e investigadora de la UBA.
Ramón y la Red
“Al chico le tenés que dar herramientas. Cuando uno empieza a trabajar con ellos les cambia la perspectiva”, señala Ramón Lezcano, coordinador nacional de la Red de Jóvenes Unidos,
organización que trabaja en articulación con la FOC y tramita su propia personería jurídica. Ramón sabe lo que dice. Tiene 28 años, pero cuando tenía 13 –cuenta– estaba “en cualquiera”.
“Me gustaba parar en la esquina con mis amigos porque yo me crié con ellos.Tuve drogas en la mano; también tuve armas”, asegura. Era el mayor de cuatro hermanos. Vivía en el barrio
Juan Manuel de Rosas, en Lomas de Zamora. Su papá era alcohólico y golpeaba
a su mamá. “Fue una mala suerte en mi vida estar en la calle. Hoy tengo un hermano detenido por robo calificado y una hermana que está pasando una situación difícil con la droga.
Pero la calle enseña muchas cosas. Para mí todos eran ejemplos de lo que quería y de lo que no quería para mí”, confiesa. De todas maneras, Ramón
veía un “futuro distinto” para él. Y lo consiguió. En 1994, empezó a ir los sábados a una pileta con un grupo organizado por la FOC. Recién un año después hizo el verdadero clic: “En un momento
dije ‘basta, esto ya no va más’”, recuerda. A partir de entonces, se comprometió activamente con la formación de la Red que hoy coordina. La entidad nuclea a más de 4.200 pibes de todo el país. Su trabajo apunta a fomentar el liderazgo juvenil, a realizar capacitaciones y a fomentar proyectos
con una participación juvenil activa. Sólo en el conurbano, hay más de 600 chicos que se acercan.
This article was modified on 16 Nov 2008 at 03:22 am.
Group: Argentina país emergente
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EN BUSCA DE UN HORIZONTE 16 Nov 2008, 03:21 am

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Jose Giannattasio Group moderator
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Re^2: EN BUSCA DE UN HORIZONTE 17 Nov 2008, 5:05 pm
Gracias María José,
Me interesó traer esta información por dos motivos. Por lo que se está haciendo y por lo que falta.
Muchas veces nos llenamos la boca diciendo "Los jóvenes son el futuro", pero tanto por el lado de los gobiernos como de una gran parte de la sociedad, eso queda solamente en la dialéctica.
Los que tenemos hijos, luchamos entre el discurso interno de criarlos con principios, valores y educación; y el discurso de la falta de futuro que encuentran cuando salen a la calle.
Será cuestión de seguir trabajando por todo lo que falta...
Un abrazo.-

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Jose Giannattasio Group moderator
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Re^4: EN BUSCA DE UN HORIZONTE 24 Nov 2008, 6:48 pm
Gracias Jose, por este aporte, es bueno conocer que se están haciendo programas (no imaginé que tantos) y como tu dices, pensar en lo que aún falta. Esta es una manera de refrescar la realidad de los niños en nuestro país.
un abrazo,
Pablo

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Pablo Martin Group moderator
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