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PEPA HERRERA Loud Flash. Punk británico sobre papel
"No hay futuro" gritaron hace casi medio siglo desde la rebeldía y la crítica antisistema. Su estética y la música los acabaron convirtiendo, a su pesar, en "movimiento" y hoy en día instituciones de todo el mundo dedican espacio al análisis de su ideología y formalismo. El MUSAC ( León, España ) se suma a las mismas con una exposición compuesta por objetos procedentes de la colección privada del artista y punk Toby Mott. Una muestra que, desde la política al arte o la música, analiza el legado y pervivencia de un movimiento que, por el contrario de lo que consignaba, aún no ha muerto.
Nacido a mediados de los años 70 en Gran Bretaña, la primera correspondencia del Punk será musical, con un trasfondo de transgresión que calará posteriormente en diversos estratos de la cultura. Así, la actitud anti-convencionalismos del movimiento pronto se dejará sentir en ámbitos como la moda o la literatura en los países industrializados, donde la decepción por un sistema de consumo basado en la producción, el capital y la repetición, culpable de desigualdades y descontentos, será objeto de la anarquía punk. Y en este contexto se sitúa "Loud Flash", una muestra que supone "un retrato cautivador de una época histórica de la cultura popular británica, los amargos años de la posguerra tardía".
"Loud Flash. Punk británico sobre papel" es un proyecto que comprende tres actuaciones: la muestra propiamente dicha, donde podrá verse una selección de objetos y carteles, entre otros; la edición de algunas reproducciones de los carteles expuestos; y un seminario dedicado a la estética del punk y su presencia actual que se llevará a cabo los días 27 y 28 de marzo. La exposición ha sido posible gracias a Toby Mott, quien ha cedido una parte de su extensa colección conformada por carteles de conciertos, fanzines, flyers y diversos objetos que ha ido recopilando a lo largo del tiempo. Una muestra que pretende constituirse en retrato de una parte de la historia del país origen del movimiento, Gran Bretaña, de una forma inmediata y muy visual, y constatar la pervivencia de este legado en la actualidad.
La influencia del Punk en el imaginario visual colectivo y en los ideales de artistas y músicos es una realidad que ahora la exposición revisa, por medio del conjunto que supone cada una de estas tres líneas de actuación. Junto a imágenes icónicas de Jamie Reid y Linder Sterling pueden visionarse los objetos seleccionados, contextualizando el movimiento en su momento político. Una narración que se completa con un legado visual puesto bajo la lupa de un museo por primera vez en España y que se acompaña por un fin de semana dedicado a la estética del punk y de la edición especial, a cargo de Scott King, de las reproducciones de cinco de los pósters vistos en la muestra, a los que han puesto letra Simon Ford, Susanna Greeves, Caroline Greville-Morris, Toby Mott, Tom Vague y Matthew Worley.
Besos
Pepa
José L. C. Bosch MERCANCÍA ANTES QUE OBRA DE ARTE...
...saludos
amigas/os...
...La mercancía antes que la "Obra de Arte"...
....Una artista plástica rosarina expresa su malestar en torno de la situación del arte y de los artistas.
En una economía de mercado las obras de arte son mercancías que se venden, y el que se apropia momentáneamente o no de las mismas, maneja el mercado y sus precios a su antojo, pasando a ser el artista el "obrero" sin sueldo. En estos países que no son del primer mundo y con estas leyes de oferta y demanda, el problema se agrava ya que las personas mayores que se dedican al arte tienen menos probabilidades de ser ayudadas. Este mercado a la vez necesita mucha propaganda entonces para las grandes ferias y eventos llaman a "grandes firmas" que aseguran las ventas. Como necesitan más mercadería y entonces invitan a otros artistas no tan reconocidos que pueden o no vender, esta mercadería si no vende, se descarta o se guarda convirtiéndose así en un gran problema, o mejor dicho se convierte en una gran picadora de carne, donde sólo prevalece el mercado que a esta altura ya no es únicamente económico sino también político, porque de la "lectura de lo expuesto" se deriva esto último. El desvalido es como siempre el del abajo, o sea el artista, que debe seguir buscando otra oportunidades y conseguir hacer lo que se "vende" y no lo que le gusta. De esta manera queda doblegado a las exigencias del mercado por un lado, y amargado porque no se impone y vende, por el otro. Si es que no acaba en psicólogo. En los países desarrollados se apunta a la cultura y el arte y para participar en ferias a los artistas NO LES COBRAN incluso hay países que han hecho ciudades para que los artistas vivan, o le han regalado grandes galpones para desarrollarse a los mantienen porque en definitiva con las obras terminan enriqueciendo al país y al mercado. Para colmo de males para los "intelectuales" del ámbito es un tema tabú este del mercado. Cundo uno toca el tema se espantan o lo peor se van y no quieren escuchar nada sobre esto. Nos quieren hacer creer que el arte no es para el mercado porque éste según ellos NI EXISTE Y a esta altura siguen negándolo. Debe ser para que no dejen de "trabajar" Hablan de la democratización del arte y los que no tienen dinero no exponen, hablan del arte y ciencia y ahora han cambiado la palabra ciencia por tecnoligía. Esto a la vez tare como consecuencia que los artistas estén arrimándose al poder y así conseguir "amigos" y/o deben hacer concesiones de todo tipo, esto tambien es tabú, a las corporaciones establecidas. Porque hay algo seguro: acá en estos países también hay mercado, talvez más reducido, pero se vende y dudo de que sea reducido.
...Carta de Lectura de la Revista Ñ...
María Amelia Sanchez (Rosario)
Fuente: Revista Ñ...
...SALUDOS...
paz
y amor...
PEPA HERRERA
...La pura verdad, José, así es... Por no mencionar a las personas, galerías, ferias, etc, que sólo quieren cobrarte dinero por proporcionarte un espacio en el que poder exponer, y si no pagas, no expones... no les preocupa si vendes o no, ni se esfuerzan demasiado en promocionarte, ya puedes ser un genio, para ellos es indiferente porque ya han cogido su dinero. Y algunos críticos que arrropados por su prestigio, reciben sus buenos honorarios: por supuesto, si pagas, la crítica será magnífica siempre. Y ya no hablemos de muchos de los clientes de arte, que sólo compran lo que les dicen que es bueno (sólo a criterio del galerista) y no lo que verdaderamente lo es, o peor, y esto es muy frecuente, algo que le vaya con la decoración y esté de moda, sin preocuparse de más... Y si seguimos, añadir que las entidades oficiales, además de todo, van siempre a remolque en reconocer las nuevas tendencias, al menos quince o veinte años...
Una situación patética que hace sufrir muchísimo al artista, mucho, y que lo convierte, paradójicamente, en el perdedor y la víctima. Por eso, muchas personas que comienzan a ser aficionados y a saber de ésto desde fuera, se preguntan si es oro todo lo que reluce...
Besos
Pepa
José L. C. Bosch HAMBRE...
..podemos empezar con la siguiente palabra:
HAMBRE...
Cosa a la que son muy aficionados los POBRES... los POBRES siempre están pasando HAMBRE...
Los POBRES son dados al HAMBRE como los mandarines al opio, y en cuanto a un POBRE le dejas solo se pone a pasar HAMBRE... Es su opio. Es un vicio que tienen...
Y mira que se han hecho cosas por arrancar a los POBRES del HAMBRE... los dictadores, las damas del ropero, las señoritas de Auxilio Social, los santos con sus milagros gastronómicos. Nada, todo inútil. Los POBRES vuelven siempre al HAMBRE. Es una querencia que tienen. Aquí, en España, por ejemplo, se hizo una guerra para que el pueblo pasase HAMBRE, decían; pero cuando terminó la guerra el pueblo se puso a pasar más HAMBRE que antes. Estaban deseando que terminase la guerra para entregarse al HAMBRE... Son unos viciosos del HAMBRE...
Con lo caritativos que son los RICOS, y nada, no han conseguido quitarles a los POBRES la manía del HAMBRE... debe ser una cosa de clase...
Claro que, además de los POBRES, también pasan HAMBRE los subdesarrollados, los negros, los monegros y los chicos de los hospicios, lo cual ya hace sospechar si el HAMBRE no será una cosa programada, una conspiración, si no habrá una conspiración del HAMBRE, porque siempre les toca pasar HAMBRE a los mismos, o sea a los de abajo...
Por más vueltas que dé la HISTORIA, HAMBRE, lo que se dice HAMBRE, siempre la pasan los mismos. Decían los surrealistas que pensar es cosa de POBRES... los POBRES, a fuerza de pensar, inventaron el HAMBRE, y el invento es tan bueno que no hay manera de matar el HAMBRE del pueblo...
Claro que se podría probar dándoles pan, pero que trabajen, y si no les llega con el jornal, que pasen un poco de HAMBRE, que eso tan poco es tan malo...
...HAMBRE... (I) ... DicCionario para POBRES...
...paz, paz y amor, amor...
Kati Ruiz Morales José L. C. Bosch
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José L. C. Bosch
...Felicidades
amigas/os...
...RECETA DE COCINA:
POLLO AL AYUNTAMIENTO...
...Ingredientes:
Un pollo
Un despacho
Varios chorizos...
...Preparación:
Se coge el pollo y póngasele una corbata...
Colóquesele en el mejor despacho de un ayuntamiento...
Rodéesele de unos chorizos frescos...
Déjesele a su antojo durante un tiempo...
... Y el solito se va haciendo
rico, rico, rico...
...saludos...
paz
y amor...
PEPA HERRERA LA MEJOR FRASE DEL CINE.
La mejor frase del cine, por El Comediante
"Luke, yo soy tu padre". A pesar de que hace 30 años esta confesión no le sentó nada bien al joven Skywalker lo cierto es que la frase de Darth Vader en ‘El imperio contraataca' se ha convertido en la más memorable de la historia del cine. Así consta en una encuesta realizada por 'lovefilm.com' en la que han participado más de 1.500 internautas.
El secreto mejor guardado del villano más grande de todos los tiempos, revelado tras una memorable lucha de espadas láser, fue pronunciada en la versión original por David Prowse (voz de James Earl Jones) mientras que en castellano pudimos disfrutar de la inconfundible dicción de Constantino Romero.
El segundo lugar la ocupa la vanidosa Reina mala de ‘Blancanieves y los siete enanitos', quien aburría día tras día a su mágico amigo con eso de "Espejito espejito, ¿quién es la más bonita del reino?". Dejando a un lado a Disney la medalla de bronce se la lleva otra de las leyendas del celuloide, nada menos que Clint Eastwood, revólver en mano como no podía ser de otro modo, caracterizado como Harry el Sucio. La escena en cuestión es nada menos que en la que el policía apunta a un malhechor con su Magnun descargada soltándole un despectivo "¿no crees que deberías sentirte afortunado?".
El cuarto puesto es para la frase más representativa de ‘Casablanca', ese "Tócala otra vez, Sam" que curiosamente nunca dijo Humphrey Bogart en dicha película. Lo cierto es que la frase proviene de la película de los hermanos Marx ‘Una noche en Casablanca' y que más tarde Woody Allen popularizó con su filme ‘Sueños de seductor'. ¡Qué cosas!
La lista sigue con otro villano archifamoso, el exquisito Doctor Hannibal Lecter que con su "Hola Clarice" era capaz de dejar a la joven agente del FBI más tiesa que una vela. Según confesó el director de ‘El silencio de los corderos' Jonathan Demme, al actor Anthony Hopkins le divertía mucho saludar todas las mañanas al equipo de rodaje de esta manera para contemplar su mirada recelosa cada vez que el caníbal entraba por la puerta.
Curiosamente otra de las sagas de ciencia ficción más famosas y longevas de todos los tiempos también aparece en el top ten. El culpable es James T. Kirk, el mítico capitán de Star Trek que acosaba constantemente a su ingeniero jefe con su "Más potencia, Scotty". Para deleite de los trekkies el bueno de Montgomery, tras refunfuñar un poco alegando la imposibilidad de sacar un mayor rendimiento a los maltrechos motores la nave, acababa satisfaciendo los deseos de su amigo y superior.
El séptimo puesto es para el galán entre galanes Clark Gable y su contundente "Francamente querida, me importa un bledo" en ‘Lo que el viento se llevó'. Le sigue Kevin Costner con "Si lo construyes... ellos vendrán" de ‘Campo de sueños', el "Toto, creo que ya no estamos en Kansas" de una avispada Dorothy al llegar al mundo de Oz y cierra la lista un alarmado Dustin Hoffman en ‘El graduado'. "Señora Robinson... está usted intentando seducirme ¿verdad?"... ten por seguro que sí, chico.
"Luke, yo soy tu padre" - El imperio contraataca
"Espejito, espejito ¿quién es la más bonita del reino?" - Blancanieves y los siete enanitos
¿No crees que deberías sentirte afortunado?" - Harry el Sucio
"Tócala otra vez, Sam" - Casablanca
"Hola Clarice" - El silencio de los corderos
¡Más potencia, Scotty! - Star Trek
"Francamente querida, me importa un bledo" - Lo que el viento se llevó
"Si lo construyes... ellos vendrán" - Campo de sueños
"Toto, creo que ya no estamos en Kansas" - El Mago de Oz
"Señora Robinson... está usted intentando seducirme ¿verdad?" - El graduado
¿Qué te ha parecido? ¿Estás de acuerdo con el resto de los internautas o falta alguna?. Se me ocurren muchas como el "Sayonara, baby" de Arnold o el "Bien, nadie es perfecto" de ‘Con faldas y a lo loco', pero mejor que seas tú el que agregues tu preferida.
Besos:
Pepa
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José L. C. Bosch CHINA (de José DONOSO)...
...saludos...
...China...
de José Donoso...
Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.
Como todas las calles, ésta también es pública. Para mí, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos años mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.
Cuando pequeño, vivía yo en una calle cercana, pero de muy distinto sello. Allí los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa, la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompañé a mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospechábamos que una empleada los había sustraído, para llevarlos luego a cierta casa de empeños allí situada. Era invierno y había llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa, y sobre los techos cerníanse aún las nubes en vagos manchones parduscos. La calzada estaba húmeda, y las cabelleras de las mujeres se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurecía.
Al entrar por la calle, un tranvía vino sobre nosotros con estrépito. Busqué refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de hojas de música. En una de ellas, dentro de un óvalo, una muchachita rubia sonreía. Le pedí a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prestó atención y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a mí, sino tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parecían. Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos seductores y misteriosos. En la aglomeración, un obrero cargado de un colchón desarregló el sombrero de mi madre. Ella rió, diciendo:
-¡Por Dios, esto es como en la China!
Seguimos calle abajo. Era difícil eludir los charcos en la acera resquebrajada. Al pasar frente a una cocinería, descubrí que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba, pues decía que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcancías de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos. Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta se leía en un cartel: "Zurcidor Japonés".
No recuerdo lo que sucedió con el asunto de los cubiertos. Pero el hecho es que esta calle quedó marcada en mi memoria como algo fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El "Zurcidor Japonés", por mucho que yo deseara, jamás remendaría mis ropas. Lo harían pequeñas monjitas almidonadas de ágiles dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en "China", nombre con que bauticé esa calle. Existía, claro está, otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.
Un domingo por la mañana tuve un disgusto con mi madre. A manera de venganza fui al escritorio y estudié largamente un plano de la ciudad que colgaba de la muralla. Después del almuerzo mis padres habían salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el último patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:
-¿Vamos a "China"?
Sus ojos brillaron. Creyó que íbamos a jugar, como tantas veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo, o quizás a disfrazarnos de orientales.
-Como salieron -dijo-, podemos robarnos cosas del cajón de mamá.
-No, tonto -susurré-, esta vez vamos a IR a "China".
Fernando vestía mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tomé cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo soñaba. Caminamos al sol. Íbamos a "China", había que mostrarle el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los niños pequeños. A medida que nos acercamos, mi corazón latió más aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Había poco tránsito, y no se corría peligro al cruzar de una acera a otra.
Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.
-Aquí es -dije, y sentí que mi hermano se apretaba a mi cuerpo.
Lo primero que me extrañó fue no ver letreros luminosos, ni azules, ni rojos, ni verdes. Había imaginado que en esta calle mágica era siempre de noche. Al continuar, observé que todas las tiendas habían cerrado. Ni tranvías amarillos corrían. Una terrible desolación me fue invadiendo. El sol era tibio, tiñendo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro. Circulaba muy poca gente, éstas a paso lento y con las manos vacías, igual que nosotros.
Fernando preguntó:
-¿Y por qué es "China" aquí?
Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contentarlo. Vi decaer mi prestigio ante él, y sin una inmediata ocurrencia genial, mi hermano jamás volvería a creer en mí.
-Vamos al "Zurcidor Japonés" -dije-. Ahí sí que es "China".
Tenía pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando, quien comenzaba a leer, sin duda lograría deletrear el gran cartel desteñido que colgaba sobre la tienda. Quizás esto aumentara su fe. Desde la acera de enfrente, deletreó con perfección. Dije entonces:
-Ves, tonto, tú no creías.
-Pero es feo -respondió con un mohín.
Las lágrimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no sucedía algo importante, rápida, inmediatamente. ¿Pero qué podía suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas habían tendido párpados sobre sus vitrinas. Hacia un calor lento y agradable.
-No seas tonto. Atravesemos para que veas -lo animé, más por ganar tiempo que por otra razón. En esos instantes odiaba a mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.
Permanecimos detenidos ante la cortina metálica del "Zurcidor Japonés". Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del comedor, la cortina era una dura perfección de ondas. Había una portezuela en ella, y pensé que quizás ésta interesara a mi hermano. Sólo atiné a decirle:
-Mira... -y hacer que la tocara.
Se sintió un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de enfrente, observando cómo la portezuela se abría. Salió un hombre pequeño y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego echó cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol, mirándole fijamente el rostro. Pasó a lo largo y nos sonrió. Lo seguimos con la vista hasta que dobló por la calle próxima.
Enmudecimos. Sólo cuando pasó un vendedor de algodón de dulces salimos de nuestro ensueño. Yo, que tenía un peso, y además estaba sintiendo gran afecto hacia mi hermano por haber logrado lucirme ante él, compré dos porciones y le ofrecí la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeció con la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie había notado nuestra ausencia. Al llegar Fernando tomó el volumen de "Pinocho en la China" y se puso a deletrear cuidadosamente.
Los años pasaron. "China" fue durante largo tiempo como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Solía volver con la imaginación. Pero poco a poco comencé a olvidar, a sentir temor sin razones, temor de fracasar allí en alguna forma. Más tarde, cuando el mundo de Pinocho dejó de interesarme, nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle: debíamos aprender a golpearnos no sólo con dureza, sino con técnica. Era la edad de los pantalones largos recién estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle no era "China". Además, "China" estaba casi olvidada. Ahora era mucho más importante consultar en el "Diccionario Enciclopédico" de papá las palabras que en el colegio los grandes murmuraban entre risas.
Más tarde ingresé a la Universidad. Compré gafas de marco oscuro.
En esta época, cuando comprendí que no cuidarse mayormente del largo del cabello era signo de categoría, solía volver a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era "China", aunque nada en ella había cambiado. Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de volúmenes que prestigiaran mi biblioteca y mi intelecto. No veía caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos, y las vitrinas, con sus emperifollados maniquíes de cera, bien podían no haber existido. Me interesaban sólo los polvorientos estantes llenos de libros. O la silueta famosa de algún hombre de letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. "China" había desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en toda esta época, el letrero del "Zurcidor Japonés".
Más tarde salí del país por varios años. Un día, a mi vuelta, pregunté a mi hermano, quien era a la sazón estudiante en la Universidad, dónde se podía adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondió:
-En "China"...
Y yo no comprendí.
...saludos...
paz
y amor...

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